La alarma del reloj la despertó súbitamente. Hacía meses que no lograba conciliar el sueño de la forma en que lo había hecho aquella noche. Despertó confusa, sin recordar si debía levantarse para ir al trabajo, si era fin de semana o si simplemente había olvidado desprogramar la alarma.
Atinó a extender su delgado brazo hacia el velador para apagar aquel sonido estruendoso que osaba interrumpir su sueño reparador. Después de unos segundos, abrió suavemente los ojos, sintió la tibieza de las sábanas y se propuso levantarse con el mayor optimismo posible.
Al llegar al baño, contempló su rostro en el espejo y no se gustó. Sintió que el brillo de algunos años atrás se había ido y observó cómo comenzaban a hacerse notar con fuerza sus primeras arrugas y algunos cabellos blanquecinos. Sin embargo, mientras se miraba, creyó reconocer en sus ojos un gesto familiar, una expresión que había visto muchas veces en el rostro de su madre. Fue solo un instante. Luego apartó la mirada y abrió la llave de la ducha.
Recordó entonces que era sábado y que había programado aquel viaje varios meses antes. Las únicas invitadas serían ella y sus recuerdos.
Después de años sin tomarse vacaciones, había decidido que ese fin de semana viajaría sola a un paraje de montaña ubicado en el sur. Su intención era huir del ruido de la ciudad para reencontrarse consigo misma, ya que hacía tiempo sentía que se había perdido en la vorágine de los días.
No sabía exactamente qué parte de sí esperaba encontrar, pero sentía que necesitaba volver a algún lugar interior que había olvidado.
Pensó que la ducha le devolvería las fuerzas necesarias para emprender el viaje que se había prometido. Necesitaba estar en el silencio de la naturaleza; de lo contrario, sabía que tarde o temprano su cuerpo resentiría el cansancio y terminaría enfermándose de estrés.
Luego de tomar desayuno y empacar algunas prendas, subió a su moto y se marchó de la ciudad. Sentir el viento en la piel le fascinaba. Por eso le gustaba viajar en moto: porque podía percibir la libertad que la fuerza del viento llevaba envuelta.
Recorrió trescientos kilómetros hacia el sur, hasta que al mediodía llegó al paraje que parecía haberla esperado durante mucho tiempo. Había ido allí junto a sus padres durante su infancia. Era un lugar solitario, ubicado en la precordillera, rodeado de árboles abundantes, lagos y suaves colinas.
Lo primero que hizo al llegar fue bajarse de la moto y quitarse la ropa. Corrió desnuda por las verdes praderas hacia el lago. Solo quería sentir el contacto del agua con su cuerpo.
Entró lentamente y luego comenzó a nadar como si también ella formara parte del lago. Su cuerpo danzaba entre las caricias del agua tibia. Se sumergía y volvía a salir, tomaba un poco de aire y se zambullía nuevamente, sintiendo la suavidad del agua sobre su piel.
Poco a poco, ella y el lago se transformaron en un solo ser.
Después de nadar durante un largo rato, Amanda se tendió de espaldas y comenzó a flotar. Sus huesos y sus músculos descansaron sobre la amabilidad del agua. Por primera vez en mucho tiempo, no tenía que sostener su propio cuerpo: el agua lo hacía por ella.
Desde aquella posición podía contemplar el azul del cielo, sentir el calor de los rayos del sol sobre su piel y observar los altos árboles que la rodeaban. Todo permanecía en silencio. Un sosiego profundo, interrumpido solamente por el sonido de las hojas al rozarse unas con otras.
Mientras flotaba sobre el agua cálida, Amanda comenzó a entrar en un estado de profunda calma. Sus ojos se cerraron, su corazón empezó a latir más suave y lentamente, y sus pensamientos fueron aquietándose.
Entonces, en su mente, comenzó un viaje hacia el pasado.
Como si retrocediera por la línea del tiempo, se vio a sí misma siendo adolescente. Después se vio siendo niña y, más tarde, siendo un bebé.
Continuó retrocediendo.
De pronto comenzó a contemplar imágenes que nunca había visto hasta ese momento: luces, explosiones, oscuridad, colores y sombras. Al principio se asustó, pero luego se dejó llevar por aquella sensación tan liviana y agradable.
Amanda nunca imaginó que podría recordar el momento inicial de su vida, aquel en que había sido gestada en el vientre de su madre.
Todo comenzó con un salto.
Había llegado a aquel espacio oscuro, cálido y acuoso desde un lugar lleno de luz. Recordó que, al entrar en el útero de su madre, había sentido una gran explosión, como aquellas que ocurren en el universo cuando nace una estrella.
De alguna manera, se había asentado en una matriz sagrada.
Al principio no podía ver su propio cuerpo, pero sentía cómo este comenzaba lentamente a formarse y expandirse. Había momentos en los que regresaba a aquella luz enceguecedora desde la cual había saltado y, luego, retornaba al espacio oscuro y cálido que la cobijaba. Aunque ambos lugares eran diferentes, en los dos encontraba una misma sensación de protección.
Al comienzo era algo parecido a un pequeño punto de luz, radiante como una estrella. Podía sentir toda la fuerza que emanaba de ella y cómo esa fuerza se expandía hacia la mujer que la resguardaba en su vientre: su madre.
Las primeras semanas de su gestación transcurrieron de esa manera. Amanda transitaba entre la luz de la cual venía y la oscuridad amorosa que la cobijaba. Percibía los sonidos interiores de su madre: el latido de su corazón, el fluir de su sangre, el movimiento de sus órganos y el ritmo profundo de su respiración.
También podía percibir cuando algo inquietaba a su mamá, porque su corazón comenzaba a latir con más fuerza y todo dentro de ella parecía moverse de una manera diferente.
Sentía la calma de las noches, cuando el cuerpo de su madre entraba en reposo. Aunque todavía no conocía el día ni la noche, de alguna manera sabía que había llegado el momento de descansar.
Con el transcurso de los meses comenzó a distinguir nuevas voces y sensaciones. Sentía vibraciones que venían desde el exterior del cuerpo de su madre. No lograba comprenderlas con claridad, pero sí podía percibirlas.
Había una voz, sin embargo, que reconocía entre todas.
La voz de su madre era nítida y retumbaba dulcemente a través de todo su cuerpo, hasta llegar al útero donde Amanda continuaba tomando forma humana. Cada vez que la escuchaba, algo dentro de ella se aquietaba. Era como si aquella voz le confirmara que estaba segura, que podía permanecer allí y continuar creciendo.
Era un espacio y un tiempo muy especial.
Así pasaron diez lunas, hasta que llegó el momento de abandonar aquel oscuro y cálido lugar.
Recordó que tuvo que atravesar un canal muy estrecho. Por momentos sentía que no lo conseguiría, que se quedaría atrapada allí. Pero entonces el cuerpo de su madre volvía a moverse y algo en ella se abría, empujándola suavemente hacia adelante.
Cada vez que Amanda se detenía, su madre volvía a abrirle el camino.
Así permanecieron durante un largo rato, trabajando juntas, hasta que de pronto Amanda atravesó aquel túnel, aquel portal, y salió al mundo.
Al nacer, no pudo contener el llanto. El cambio había sido demasiado intenso. Había pasado desde la oscuridad absoluta hacia una luz que la invadía por completo. Los sonidos eran distintos, más nítidos y más fuertes. Sentía el aire frío sobre su piel y muchas manos desconocidas a su alrededor.
Por un instante creyó que había perdido para siempre la seguridad que encontraba en el vientre de su madre. Por eso no podía dejar de llorar.
Pero, al cabo de unos segundos, percibió un aroma conocido.
Supo que su madre estaba allí.
Sintió nuevamente su calor y el contacto de su piel. Su madre la sostenía entre los brazos. Aunque todavía no podía enfocar bien la mirada, al estar tan cerca logró contemplar su rostro y detenerse en sus ojos, que le recordaron la oscuridad profunda y serena del vientre.
Entonces se calmó.
Comprendió, de una manera que no necesitaba palabras, que el amor que la había cobijado durante aquellos meses seguía allí. El espacio había cambiado, pero la presencia era la misma. Ya no se encontraba dentro del cuerpo de su madre y, sin embargo, continuaba siendo sostenida por ella.
Amanda comenzó lentamente a salir de aquel recuerdo.
Sintió otra vez el agua alrededor de su cuerpo, la tibieza del sol sobre su rostro y la suave brisa que movía las hojas de los árboles. Abrió los ojos y se dio cuenta de que continuaba en medio del lago, flotando.
Pensó que quizás se había quedado dormida y que todo había sido un sueño. Sin embargo, algo en su interior le decía que no era así. No lo había recordado solamente con su mente: lo había recordado con todo su cuerpo.
Había viajado hasta aquel lugar con la intención de reencontrarse consigo misma y ahora comprendía que ese reencuentro la había llevado mucho más lejos de lo que imaginaba. No había regresado únicamente a su infancia, sino al primer lugar que había habitado, al primer latido que había escuchado y al primer amor que había conocido.
Antes de aprender a sostenerse por sí misma, había sido sostenida.
Antes de conocer el mundo, había conocido el calor, la protección y la voz de su madre envolviéndola desde todas partes.
Amanda recordó el pequeño punto de luz que había sido al comienzo de su existencia y comprendió que aquella luz no había desaparecido. Seguía allí, habitándola. Quizás el brillo que esa mañana había buscado en su rostro no se había perdido; simplemente había olvidado dónde encontrarlo.
Volvió a cerrar los ojos y se dejó sostener por el agua durante unos instantes más.
Comprendió que reencontrarse no significaba volver a ser la mujer que había sido algunos años atrás, sino recordar aquello que permanecía intacto en lo más profundo de su ser.
Sintió entonces todo el amor y la protección que su madre le había entregado y supo que aquel amor no pertenecía solamente al pasado. Vivía en ella, en su cuerpo, en su respiración y en la forma en que ahora podía aprender a sostenerse a sí misma.
Amanda respiró profundamente.
Había llegado hasta ese lago creyendo que necesitaba escapar de su vida. Ahora comprendía que solo necesitaba regresar a ella.
Y mientras continuaba flotando bajo la inmensidad del cielo, sintió con una certeza serena que, desde el principio, la vida la había recibido con amor.
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